un contexto multicultural evidente

Tres problemas se asocian a cualquier tentativa de contemplar la historia australiana bajo el signo de la "doble cultura".

En primer lugar, se desarrolla actualmente en Australia un debate nacional cuyos términos no son de simple dualidad sino de "cultura nacional" frente a "nación multicultural". Así se reconoce implícitamente que las múltiples fuentes históricas de la cultura australiana contemporánea - debidas no sólo a la conquista de la cultura aborigen sino también a diversas y masivas olas de inmigración - no se dejan analizar como una simple oposición entre "cultura anglosajona dominante" y "cultura no anglosajona dominada". El hecho de que dicho debate tenga lugar dentro de la clase dominante, traduciéndose en un enfrentamiento entre los partidos políticos laborista y conservador, refleja más que nada la incertidumbre propia a la tradición anglosajona en sí. También refleja un sentimiento de culpabilidad al ver que las aportaciones culturales de las grandes comunidades griegas, italianas, yugoslavas, etc. tienden a perderse después de tres generaciones. Si los inmigrantes han tenido que aprender la lengua y las costumbres de un nuevo país, sus hijos guardan sólo para el uso doméstico la lengua y las costumbres no australianas, y la tercera generación - con posibles excepciones en las reducidas comunidades judías ortodoxas, chinas y vietnamitas - no quiere ser otra cosa que australiana y efectivamente no habla más que inglés. Procesos semejantes se manifiestan en Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Alemania, pero tal vez sea únicamente en Australia donde parte de la clase dominante no sólo ha tomado medidas para que se enseñen y se difundan por medios televisivos las lenguas no inglesas, sino también ha planteado la cuestión - radical - de si debe aceptarse o no como nación multicultural.

El segundo problema es entonces el de los significados que el término "cultura" puede tener en ese contexto de duda profunda dentro de una clase dominante. Efectivamente, los partidarios de la multiculturalidad suelen definir la cultura como modo de ser, "way of life", en el sentido de "estilo general que sostiene cada detalle de la vida", que Henri Lefebvre ha idealizado como algo anterior a la decadencia moderna donde la cultura forma sólo una parte de la vida social, al lado de la economía, la política, la enseñanza, las relaciones exteriores, etc. Como dicen sobre todo los defensores de la cultura aborigen, el ideal multicultural se encuentra en las numerosas fuentes del pasado. En cambio, los defensores de la idea de cultura nacional, incluyendo la mayoría de la población inmigrante, aceptan la segmentación moderna de la vida social, respetando la cultura como si fuera ésta un conjunto de sensibilidades tan refinadas y de monumentos tan grandiosos que por definición no se puedan manifestar en la antípoda sociedad actual. Este concepto actúa a la vez como agente de cohesión nacional y, en un contexto de gran movilidad social, como valor distintivo al que se asocia el también generalmente aceptado valor del trabajo: el inmigrante trabaja para que sus hijos tengan acceso a la "cultura", evidentemente elitista pero no necesariamente divisiva: es una esperanza generalmente compartida.

Nuestro tercer problema es entonces la posición particular que tiene la literatura dentro de esta doble proyección de la cultura como paraíso lejano (situado en el pasado para los unos, en el futuro para los otros). Más que la música, el cine o la televisión - que tienen sus vertientes verdaderamente populares-, la literatura representa, en Australia como en otros muchos países, una actividad cultural de extensión claramente restringida y claramente valorizada, sobre todo desde que el último público de la literatura popular - las poblaciones del interior del continente - fue también envuelto en la red de ondas hertzianas. Como en la mayoría de los países occidentales, la literatura es algo que se aprende en la escuela, que se lee en el tren o en el avión, que se ve en versión "película de la novela". En un país de sólo 20 millones de habitantes y de lengua internacional (es decir, sin las fronteras lingüísticas que en cierta medida protegen otros países de la industria cultural angloparlante), esta situación significa un mercado evidentemente insuficiente para sostener la extensa producción de textos literarios autóctonos. La ambigüedad social de la cultura como índice de una vida mejor ausente a su vez significa que no hay ninguna valorización absoluta de lo autóctono frente a lo extranjero - es éste un aspecto cuya historia nos proponemos analizar más adelante - y por consiguiente que no hay ninguna insistencia ni siquiera en la existencia de la categoría absoluta "literatura australiana". El lema del Australian Arts Council, la entidad oficial que apoya a la mayoría de los escritores australianos contemporáneos, no es "literatura australiana" sino "literatura para australianos". Sus ayudas no son exclusivamente para escritores de lengua o de tradición inglesas, sino también para traducciones del inglés a otras lenguas. Cierto paralelismo con la política actual del Ministerio de Cultura español podría sugerir la ambivalencia con la que se ha desplazado la noción de "literatura nacional": a la vez que se acepta y se estimula la pluralidad interior, se favorece la presencia y la extensión de lo nacional al extranjero. En Australia como en España, la unidad y la cohesión internas se buscan en los ojos del extranjero, y el nativo no debe hacer mucho caso aunque la reacción sea muy positiva cuando, por exotismo o curiosidad, un país u otro se pone de sabor del mes, como los helados, en Nueva York o París. Vista desde el interior, la categoría de literatura nacional es fundamentalmente inestable por lo cual tiene su historia.

Una historia literaria australiana

No es difícil resumir los 200 años - del 1788 al 1988 - de textos escritos en Australia, sobre Australia o por australianos. Al período colonialista sucede, alrededor del año 1900, la época nacionalista; luego unos 70 largos años de mediocridad casi siempre anglófila hasta una segunda época independentista que se suele fechar a partir de 1972, en la que todavía estamos hoy. En ese contexto, lo importante es comprender qué sucedió durante la primera época nacionalista, y en qué medida la literatura de aquel "fin de siglo" ha influencido la singularidad y la multiculturalidad de la literatura australiana actual.

Colonialismo

Si casi toda la primera centuria de la literatura australiana es considerada "época colonialista", se puede describir igualmente como una extensión de la literatura británica: se trata en primer lugar de la mente inglesa que intenta captar una nueva realidad - paisaje, flora, fauna, nativos - según los términos de una Arcadia idealizada como negación de la revolución industrial, y en segundo lugar de la invención de la realidad deseada, traducida en aventuras exóticas - caballos, bandidos, alta mar - producidas para el nuevo público británico muy demandante de novelas por entregas y de novedades para el "circulating library". Este segundo aspecto se consolida cuando los descubrimientos de oro llenan Australia de aventureros de toda clase y de todas las naciones, suministrando además la riqueza fabulosa necesaria para cualquier buen relato de aventuras del período victoriano: el criminal Magwich, por ejemplo, sale de las Great Expectations dickensianas para hacer su fortuna, de manera preferentemente inmoral, en Australia. El oro también forma un nuevo país: la Australia que contaba con una población (blanca) de sólo 400.000 en 1850 no era del todo la misma que contaba 4 millones de personas (blancas) en 1900. Sean lo que fueran las fechas bicentenarias, el país que hoy conocemos no tiene en realidad más de un siglo de historia - lo que sugiere comparaciones con casos como el de Argentina, también masivamente transformada por inmigraciones casi paralelas a las australianas.

El "fin de siglo" australiano

Consecuencia de los masivos cambios que se sucedieron a lo largo del siglo XIX, la Australia de finales del siglo XIX se presenta como un conjunto de singularidades y contradicciones:

- Es el país más urbanizado del mundo, bien que la visión británica de una Arcadia austral tiene tanta influencia sobre la nueva identidad nacional que ésta se concreta en una mitología rigurosamente no urbana, idealizando el interior del continente, el campo salvaje, el "outback", el "bush".

- Es el país con el más alto nivel de vida del mundo, aunque sus valores fundamentales no se orientan en términos de movilidad social, sino alrededor del trabajo y de la figura del buen amigo y compañero - el "mate" o "honest bloke" - esencialmente producto de las duras condiciones en las que se había generado la riqueza. Como comenta un visitante británico en 1882: "nunca han visto ojos europeos tanta riqueza en manos de hombres tan completamente mal educados".

- Es por definición, junto con la siempre más británica Nueva Zelanda, geográficamente el más oriental de los países culturalmente occidentales, pero es a la vez un país que unos 200 intelectuales socialistas pueden considerar ya demasiado integrado en la decadencia capitalista. Había que ir aún más lejos: en 1896, bajo el mando de William Lane, esos intelectuales se marcharon a Paraguay para fundar su comunidad ideal.

- Es un país en el que el peso relativo de los intelectuales (según la categoría censual de "autores, editores, periodistas, pintores y estudiantes del arte") es - incluso durante el fracaso paraguayo - mucho más alto que en Inglaterra y, en consecuencia, probablemente superior a las tasas de los demás países europeos.

- Finalmente, la politización de esta inteligentsia (cuantitativa) corresponde al hecho de que Australia sea, además, el país con el mayor porcentaje de asociacionismo laboral del mundo.

Tenemos entonces en la Australia de finales del siglo XIX un país caracterizado por extremos de riqueza general, urbanización, distancia, intelectualidad (cuantitativa) y politización. Lo que pasa en la literatura de aquellos años - celebrados en diversas historiografías como "la década romántica", "los años gloriosos", "la leyenda de los 90" o, más exactamente, "la época nacionalista"... antes del hecho, pues la federación australiana no se proclama hasta 1901 - va prefigurar los términos del debate actual sobre multiculturalidad.

Primer elemento: la capital literaria del país se desplaza de Melbourne (tradicionalmente de cultura más británica) a Sydney (ciudad más dinámica, de ideología más independista).
Segundo elemento: se forma en Sydney un periódico nacional cuyo programa político, en la forma publicada el 17 de junio de 1893, vale la pena traducir en versión íntegra



Published in Littérature et double culture / Literatura y doble cultura, Ed. Geneviève Mouillaud-Fraisse & José María Fernández Cardo, Paris-Barcelona: Noesis, 1989, 68-79.

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